sábado, 25 de mayo de 2019

Los Hongos Alucinantes

Los Hongos Alucinantes
Fernando Benítez


Sentía que me había rozado una presencia espiritual y que esta presencia no se había desvanecido y persistía en mí como los sueños bienhechores cuanto todavía no hemos despertado del todo. Mi estado no era eufórico, sino de una placidez extraordinaria. Hubiera querido comunicarla a los demás, pero las pocas palabras que pude decir no guardaban ninguna relación con mi estado de ánimo. Advertía con claridad el abismo que existía entre la elevación y la pureza de mis pensamientos y la torpeza de mi discursear tartamudo.
Fuera del éxtasis seguía en cierto modo poseído por un espíritu divino, que no me empujaba a la acción escribir o hablar, sino a la contemplación de mi gozo interior. Lamentaba haber salido del trance con tanta rapidez y deseaba volver a caer en él, pero esto ya no era posible. Las mujeres reían, carraspeaban, tosían y los niños enfermos buscaban llorando el regazo de sus madres las sacerdotisas. Salí fuera. La luna en menguante estaba en el cénit. Recorrí despacio el camino que conduce a la cima de la alta montaña. Las nubes plateadas, densas y redondas cubrían las masas de las oscuras cordille­ras y las copas de los árboles surgían de los abismos sombreando el borde del camino. La cabaña de Ma­ría Sabina estaba a mis pies. Reinaba una extraña paz sideral, el majestuoso silencio de las grandes alturas, una paz y un silencio traspasados sin embar­go por un temor que yo no era capaz de dominar en ese momento.
Las cruces, adornadas de flores, los dioses y los espíritus dueños de los cerros, de los manantiales y de los barrancos, los aullidos lejanos de los coyotes, la invisible presencia de los nahuales y de los muertos, era la atmósfera que rodeaba la cabaña, aquella atmósfera sagrada de temores y delirios antiguos en la que crecía como una orquídea, la ceremonia de los hongos alucinantes. Yo tenía la sensación de ha­ber participado en la comunión del nanacatl, en ese rito al que sólo tienen acceso los puros, los que se han limpiado de sus pecados a fin de recibir en su cuerpo la carne de los viejos dioses mazatecos.
No era ya el efecto químico de la psilocibina, su alteración bien estudiada, sino otra cosa de una naturaleza diferente. El éxtasis de los hongos trascen­día mi conocimiento, mi lógica occidental y me llevaba a pensar que aquella comunión celebrada en la cumbre de las montañas solitarias, dirigida por María Sabina, “la que sabe”, dentro de una cabaña miserable, me acercaba al espíritu de los sacerdotes mexicanos, no sólo al espíritu de María Sabina, si­no al espíritu de los magos, de los adivinos, de los curanderos, de los chamanes toltecos, zapotecos, mix­técos, mexicanos, a esas noches en que cerca de las es­tatuas de sus dioses, respirando el copal y el perfu­me de sus flores, comían los hongos sagrados y se hundían en sus delirios y hablaban con los dioses y los muertos.
Tlaloc estaba ahí junto a mí y Nindó Tokosho y Coatlicue. En mi cerebro, como una herida, persis­tía el Signo, la imagen abstracta del Signo, ese res­plandor de otro mundo, esa estructura refinada que yo era incapaz de reconstruir o de evocar, pero cuyos efectos mágicos, como los de una música, impreg­naban aún todas las células de mi cuerpo.
Había descubierto en mí -no hay otra forma de conocimiento-, el éxtasis mantenido secreto por espacio de siglos; los ídolos ocultos detrás de los al­tares cristianos; el cordón umbilical que los conquistadores creyeron haber cortado de un tajo y a través del cual los indios mantuvieron una relación con su mundo destruido, con la fuente de los colores, de los dibujos, de las formas antiguas.
Los indios nos entregaban, no su paraíso, sino su conocimiento. Las posibilidades increíbles del hombre, de su cuerpo y de su espíritu, la facultad de romper las fronteras que nos ahogan, la de aniquilar su cárcel, la de desdoblarse en las varias, infi­nitas personalidades que integran nuestra concien­cia, la colectiva, la de atrás, los eslabones perdidos de los milenarios, las del complejo presente, con su angustia, su inseguridad y su fortaleza y las perso­nalidades del mañana, semillas del porvenir no ger­minadas, la revelación en fin de lo que podría ser el hombre si logra vencer los monstruos creados por su propia imaginación.
La droga -el soma- de Aldous Huxley, el éx­tasis dirigido, el chamanismo del siglo XXI, la as­censión a la gloria, el descenso a los infiernos, la metamorfosis del artista en matemático, del mate­mático en artista, la obtención de la dicha, el sueño sin desilusiones, la esperanza sin desencantos, la al­teración del tiempo y del espacio, la clave de ese lenguaje cifrado que es la vida, el Signo de la Eter­nidad y de la Sabiduría.

Extracto Capítulo 3: Delirios y Éxtasis. El Signo.


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