Fernando Benítez
Sentía que me había rozado
una presencia espiritual y que esta presencia no se había desvanecido y
persistía en mí como los sueños bienhechores cuanto todavía no hemos
despertado del todo. Mi estado no era eufórico, sino de una placidez
extraordinaria. Hubiera querido comunicarla a los demás, pero las pocas
palabras que pude decir no guardaban ninguna relación con mi estado de ánimo.
Advertía con claridad el abismo que existía entre la elevación y la pureza de
mis pensamientos y la torpeza de mi discursear tartamudo.
Fuera del éxtasis seguía en
cierto modo poseído por un espíritu divino, que no me empujaba a la acción
escribir o hablar, sino a la contemplación de mi gozo interior. Lamentaba haber
salido del trance con tanta rapidez y deseaba volver a caer en él, pero esto ya
no era posible. Las mujeres reían, carraspeaban, tosían y los niños enfermos
buscaban llorando el regazo de sus madres las sacerdotisas. Salí fuera. La luna
en menguante estaba en el cénit. Recorrí despacio el camino que conduce a la
cima de la alta montaña. Las nubes plateadas, densas y redondas cubrían las
masas de las oscuras cordilleras y las copas de los árboles surgían de los
abismos sombreando el borde del camino. La cabaña de María Sabina estaba a mis
pies. Reinaba una extraña paz sideral, el majestuoso silencio de las grandes
alturas, una paz y un silencio traspasados sin embargo por un temor que yo no
era capaz de dominar en ese momento.
Las cruces, adornadas de
flores, los dioses y los espíritus dueños de los cerros, de los manantiales y
de los barrancos, los aullidos lejanos de los coyotes, la invisible presencia
de los nahuales y de los muertos, era la atmósfera que rodeaba la cabaña,
aquella atmósfera sagrada de temores y delirios antiguos en la que crecía como
una orquídea, la ceremonia de los hongos alucinantes. Yo tenía la sensación de
haber participado en la comunión del nanacatl, en ese rito al que sólo tienen
acceso los puros, los que se han limpiado de sus pecados a fin de recibir en su
cuerpo la carne de los viejos dioses mazatecos.
No era ya el efecto químico
de la psilocibina, su alteración bien estudiada, sino otra cosa de una
naturaleza diferente. El éxtasis de los hongos trascendía mi conocimiento, mi
lógica occidental y me llevaba a pensar que aquella comunión celebrada en la
cumbre de las montañas solitarias, dirigida por María Sabina, “la que sabe”,
dentro de una cabaña miserable, me acercaba al espíritu de los sacerdotes
mexicanos, no sólo al espíritu de María Sabina, sino al espíritu de los magos,
de los adivinos, de los curanderos, de los chamanes toltecos, zapotecos, mixtécos,
mexicanos, a esas noches en que cerca de las estatuas de sus dioses,
respirando el copal y el perfume de sus flores, comían los hongos sagrados y
se hundían en sus delirios y hablaban con los dioses y los muertos.
Tlaloc estaba ahí junto a mí
y Nindó Tokosho y Coatlicue. En mi cerebro, como una herida, persistía el
Signo, la imagen abstracta del Signo, ese resplandor de otro mundo, esa
estructura refinada que yo era incapaz de reconstruir o de evocar, pero cuyos
efectos mágicos, como los de una música, impregnaban aún todas las células de
mi cuerpo.
Había descubierto en mí -no
hay otra forma de conocimiento-, el éxtasis mantenido secreto por espacio de
siglos; los ídolos ocultos detrás de los altares cristianos; el cordón
umbilical que los conquistadores creyeron haber cortado de un tajo y a través
del cual los indios mantuvieron una relación con su mundo destruido, con la
fuente de los colores, de los dibujos, de las formas antiguas.
Los indios nos entregaban,
no su paraíso, sino su conocimiento. Las posibilidades increíbles del hombre,
de su cuerpo y de su espíritu, la facultad de romper las fronteras que nos
ahogan, la de aniquilar su cárcel, la de desdoblarse en las varias, infinitas
personalidades que integran nuestra conciencia, la colectiva, la de atrás, los
eslabones perdidos de los milenarios, las del complejo presente, con su
angustia, su inseguridad y su fortaleza y las personalidades del mañana,
semillas del porvenir no germinadas, la revelación en fin de lo que podría ser
el hombre si logra vencer los monstruos creados por su propia imaginación.
La droga -el soma- de
Aldous Huxley, el éxtasis dirigido, el chamanismo del siglo XXI, la ascensión
a la gloria, el descenso a los infiernos, la metamorfosis del artista en matemático,
del matemático en artista, la obtención de la dicha, el sueño sin
desilusiones, la esperanza sin desencantos, la alteración del tiempo y del
espacio, la clave de ese lenguaje cifrado que es la vida, el Signo de la Eter nidad y de la Sabiduría.
Extracto Capítulo 3: Delirios y Éxtasis. El Signo.

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