domingo, 17 de enero de 2021

Magia Wicca

Autor: Erendira 


Compendio sobre Magia Wiccana

1.- ¿Qué es Wicca?

2.- Leyes wiccanas

3.- Creencias tradicionales de la religión wicca

4.- ¿Qué es el principio wiccano?

5.- Las festividades paganas

6.- ¿Qué son los esbats?

7.- La magia lunar

8.- La magia astral

9.- Las artes místicas de la adivinación

10.- Lo que significan los símbolos

11.- La magia de las velas

12.- Objetos mágicos

13.- Categorías mágicas

14.- Herramientas mágicas

15.- Lista de herramientas

16.- Precauciones mágicas

17.- Momentos en los que no deberían practicarse las habilidades mágicas

18.- Dedicación e iniciación

19.- Los astros en la magia

20.- Escribiendo tus propios hechizos

21.- Lo básico para el esquema de un hechizo

22.- El lema wiccano y la ley de lo triple

23.- La verdad sobre los wiccanos

24.- Wiccanos verdaderos si...

25.- Los elementos en la magia

26.- Preguntas frecuentes

27.- Seis pasos para la magia con exito

28.- Deseo y necesidad

29.- Conocimiento y expectativas realistas

30.- Creencias

31.- La capacidad de guardar silencio

32.- Disposición de respaldar la magia en el mundo físico

33.- Los días mágicos de la semana


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viernes, 15 de enero de 2021

Florinda Donner

 

Se cree que Regine Thal nació en Caracas el 14 o el 15 de febrero del año 1944. Fue escritora, antropóloga, conferencista y gurú.
Su padre era un inmigrante alemán y su madre, sueca. En 1966 Regina Thal se casó con Edward M. Steiner (un ingeniero petrolero de Houston) en México.
Estudió antropología en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Obtuvo su licenciatura en 1972 y una maestría en 1974. En 1971 conoció a Carlos Castaneda, de 45 años, quien acababa de publicar su segundo libro: Una Realidad Aparte.
En 1972 se separó de su esposo Edward Steiner.

En abril de 1976, Regina Thal obtuvo su candidatura para un doctorado en el Departamento de Antropología de la UCLA. Solicitó permiso para viajar a la selva amazónica venezolana y hacer un trabajo de campo acerca de los curanderos indígenas. Mientras estudiaba trabajó con Castaneda y abandonó el doctorado.

Escribió varios libros acerca de la curación indígena, la brujería y el sueño lúcido.
En 1982, y bajo el nombre de Florinda Donner, publicó un libro: ‘Shabono: una visita a un mundo remoto y mágico en la selva tropical sudamericana’. En 1983, estalló la controversia cuando un artículo en la revista American Anthropologist acusó a Donner de no haber creado un trabajo etnográfico original, sino de haber escrito un remiendo hecho de relatos etnográficos publicados anteriormente por la brasileña Helena Valero, quien creció como cautiva entre los yanomami. Otro autor la criticó señalando que el libro era simplemente una autobiografía.
Más tarde algunos articulistas se preguntaron por qué este libro fue criticado por ser poco científico, cuando no tiene ninguna pretensión de cientificidad.

El 27 de septiembre de 1993, Florinda se casó legalmente con Carlos Castaneda, quien falleció el 27 de abril de 1998 a los 72 años de edad. Ese mismo día fue cremado, y uno o dos días después se fueron de Los Ángeles sus acompañantes, conocidas como «las Brujas», Florinda Donner-Grau, Taisha Abelar, Nury Alexander, Kylie Lundahl y Talia Bey, quienes convivían con él.

Hasta la actualidad se desconoce el paradero de estas mujeres.



Podés conseguir Shabono, Ser en el Ensuerño y El Sueño de la Bruja en Libros Proyecto Moksha 


sábado, 9 de enero de 2021

El libro rojo de Jung -Claves para la comprension de una obra inexplicable

Bernardo Nante

El libro rojo de Carl G. Jung es una obra ineludible tanto para quienes están interesados en Jung como para quienes intentan comprender en profundidad los signos de nuestros tiempos. Es una obra visionaria que fascina y atrapa pero que también desconcierta, confunde y extravía al lector en un sinnúmero de símbolos e ideas. Cuando se ingresa a esta obra con la sola razón crítica, el texto resulta inexplicable. Cuando se deja la razón a un lado, el texto fascina y espanta, pero tal inmersión en su mar simbólico a menudo obnubila e intoxica.

En El libro rojo de Jung. Claves para la comprensión de una obra inexplicable, Bernardo Nante –quien estuvo a cargo de la edición castellana de El libro rojo– facilita y estimula la lectura de este misterioso texto, pues desentraña las claves que el mismo proporciona y realiza un comentario integral a la luz de la cosmovisión junguiana y de sus fuentes.

Para cumplir con su propósito, El libro rojo de Jung. Claves para la comprensión de una obra inexplicable, en su “Primera Parte”, presenta las ideas centrales de El libro rojo, su contexto en relación con los símbolos tradicionales que allí aparecen, realiza una lectura alquímica del mismo y una breve referencia a su legado en la obra junguiana. En su “Segunda Parte” el libro sintetiza y aclara las visiones y los comentarios principales de toda la obra, capítulo por capítulo y apartado por apartado, con el propósito de facilitar una visión de conjunto y ayudar a que el lector pueda mantener la ilación. La obra, bellamente ilustrada, también consigna numerosos cuadros y diagramas que ayudan al lector mostrándole sinópticamente las ideas y símbolos centrales.

En síntesis, el libro de Bernardo Nante es un estudio que aborda de modo integral la obra de Jung y sus fuentes, y acerca sus contenidos tanto a especialistas como a quienes estén interesados en comprender en profundidad los signos de nuestro tiempo.

 Bernardo Nante es doctor en filosofía y realizó estudios superiores en psicología, ciencias orientales, matemática y economía. Es profesor en diversas universidades e instituciones de educación superior. Investiga sobre la interrelación entre psicología, religión y filosofía comparada Oriente – Occidente. Preside la Fundación Vocación Humana y su Instituto de Investigaciones Junguianas. Se especializa en las fuentes de la obra de Jung y en la traducción y comentario de obras alquímicas. Participó en la edición de varios volúmenes de la Obra Completa de C. G. Jung (Madrid, editorial Trotta) y estuvo a cargo de la edición castellana de C. G. Jung, El libro rojo. El Liber Novus (Buenos Aires, El Hilo de Ariadna, 2010).



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jueves, 7 de enero de 2021

Chamanismo y culturas indígenas

Escuela Arrakis

Los Chamanes, a quienes en nuestro mundo civilizado denominamos curanderos y brujos, son poseedores de un importante corpus de antiguas técnicas que utilizan para curar y procurar bienestar tanto a los miembros de la comunidad como a sí mismos. Curiosamente, estos métodos chamánicos son similares en todo el mundo, incluso entre pueblos cuyas culturas difieren en otros muchos aspectos y que, separados por océanos y continentes durante decenas de miles de años, no han tenido ningún tipo de contacto. 

Estos pueblos a los que llamamos primitivos, al carecer de nuestra avanzada tecnología médica, tuvieron que desarrollar las capacidades naturales de la mente en lo referente a salud y métodos curativos, la uniformidad de las técnicas chamánicas parece indicar que, a fuerza de probar y equivocarse, pueblos diversos llegaron a las mismas conclusiones. 

El chamanismo es una gran aventura mental y emocional, en la que paciente y chamán participan en igual medida...


Descargar el paper




miércoles, 6 de enero de 2021

Los Cantos Chamánicos de María Sabina

Un estudio de la oralidad y de las figuras retóricas en las traducciones del mazateco al español


Autora: Martha Magali Mendoza Roos


    Los cantos chamánicos de María Sabina son considerados como una parte del legado de la tradición oral indígena en México. El presente trabajo estudia y analiza dos textos, que se han transcrito del documental María Sabina, mujer espíritu (Echeverría, Nicolás 1978) el cual retrata su vida y la época en que se entregó a las técnicas y los rituales para curar a los enfermos por medio del uso de hongos. Esta tesina tiene como finalidad en primer lugar, comprobar la existencia de los rasgos de la oralidad que caracterizan a las culturas primarias, es decir, aquellas que no tienen conocimiento alguno de la escritura. La oralidad habla sobre la forma en que una cultura primaria usa fórmulas para memorizar hechos importantes, conocimientos ancestrales y su transmisión a través de generaciones para la conservación de estas tradiciones....


Descarga gratuita de la tesina


Gracias!

jueves, 11 de julio de 2019

Enter the Void - 2009

FilmAffinity dice:

Oscar y su hermana Linda viven desde hace poco en Tokio. Él sobrevive traficando con drogas, ella trabaja como stripper en un club nocturno. Durante un forcejeo con la policía, Oscar cae herido tras un disparo. Aunque muere, su espíritu, fiel a la promesa de no abandonar a su hermana, rechaza abandonar el mundo de los vivos. Su espíritu vaga ahora por la ciudad y sus visiones son cada vez más caóticas.



Dejo un link para que descarguen la peli 🎬 psicodélica.
Los subtítulos en español están en la carpeta.

sábado, 25 de mayo de 2019

Los Hongos Alucinantes

Los Hongos Alucinantes
Fernando Benítez


Sentía que me había rozado una presencia espiritual y que esta presencia no se había desvanecido y persistía en mí como los sueños bienhechores cuanto todavía no hemos despertado del todo. Mi estado no era eufórico, sino de una placidez extraordinaria. Hubiera querido comunicarla a los demás, pero las pocas palabras que pude decir no guardaban ninguna relación con mi estado de ánimo. Advertía con claridad el abismo que existía entre la elevación y la pureza de mis pensamientos y la torpeza de mi discursear tartamudo.
Fuera del éxtasis seguía en cierto modo poseído por un espíritu divino, que no me empujaba a la acción escribir o hablar, sino a la contemplación de mi gozo interior. Lamentaba haber salido del trance con tanta rapidez y deseaba volver a caer en él, pero esto ya no era posible. Las mujeres reían, carraspeaban, tosían y los niños enfermos buscaban llorando el regazo de sus madres las sacerdotisas. Salí fuera. La luna en menguante estaba en el cénit. Recorrí despacio el camino que conduce a la cima de la alta montaña. Las nubes plateadas, densas y redondas cubrían las masas de las oscuras cordille­ras y las copas de los árboles surgían de los abismos sombreando el borde del camino. La cabaña de Ma­ría Sabina estaba a mis pies. Reinaba una extraña paz sideral, el majestuoso silencio de las grandes alturas, una paz y un silencio traspasados sin embar­go por un temor que yo no era capaz de dominar en ese momento.
Las cruces, adornadas de flores, los dioses y los espíritus dueños de los cerros, de los manantiales y de los barrancos, los aullidos lejanos de los coyotes, la invisible presencia de los nahuales y de los muertos, era la atmósfera que rodeaba la cabaña, aquella atmósfera sagrada de temores y delirios antiguos en la que crecía como una orquídea, la ceremonia de los hongos alucinantes. Yo tenía la sensación de ha­ber participado en la comunión del nanacatl, en ese rito al que sólo tienen acceso los puros, los que se han limpiado de sus pecados a fin de recibir en su cuerpo la carne de los viejos dioses mazatecos.
No era ya el efecto químico de la psilocibina, su alteración bien estudiada, sino otra cosa de una naturaleza diferente. El éxtasis de los hongos trascen­día mi conocimiento, mi lógica occidental y me llevaba a pensar que aquella comunión celebrada en la cumbre de las montañas solitarias, dirigida por María Sabina, “la que sabe”, dentro de una cabaña miserable, me acercaba al espíritu de los sacerdotes mexicanos, no sólo al espíritu de María Sabina, si­no al espíritu de los magos, de los adivinos, de los curanderos, de los chamanes toltecos, zapotecos, mix­técos, mexicanos, a esas noches en que cerca de las es­tatuas de sus dioses, respirando el copal y el perfu­me de sus flores, comían los hongos sagrados y se hundían en sus delirios y hablaban con los dioses y los muertos.
Tlaloc estaba ahí junto a mí y Nindó Tokosho y Coatlicue. En mi cerebro, como una herida, persis­tía el Signo, la imagen abstracta del Signo, ese res­plandor de otro mundo, esa estructura refinada que yo era incapaz de reconstruir o de evocar, pero cuyos efectos mágicos, como los de una música, impreg­naban aún todas las células de mi cuerpo.
Había descubierto en mí -no hay otra forma de conocimiento-, el éxtasis mantenido secreto por espacio de siglos; los ídolos ocultos detrás de los al­tares cristianos; el cordón umbilical que los conquistadores creyeron haber cortado de un tajo y a través del cual los indios mantuvieron una relación con su mundo destruido, con la fuente de los colores, de los dibujos, de las formas antiguas.
Los indios nos entregaban, no su paraíso, sino su conocimiento. Las posibilidades increíbles del hombre, de su cuerpo y de su espíritu, la facultad de romper las fronteras que nos ahogan, la de aniquilar su cárcel, la de desdoblarse en las varias, infi­nitas personalidades que integran nuestra concien­cia, la colectiva, la de atrás, los eslabones perdidos de los milenarios, las del complejo presente, con su angustia, su inseguridad y su fortaleza y las perso­nalidades del mañana, semillas del porvenir no ger­minadas, la revelación en fin de lo que podría ser el hombre si logra vencer los monstruos creados por su propia imaginación.
La droga -el soma- de Aldous Huxley, el éx­tasis dirigido, el chamanismo del siglo XXI, la as­censión a la gloria, el descenso a los infiernos, la metamorfosis del artista en matemático, del mate­mático en artista, la obtención de la dicha, el sueño sin desilusiones, la esperanza sin desencantos, la al­teración del tiempo y del espacio, la clave de ese lenguaje cifrado que es la vida, el Signo de la Eter­nidad y de la Sabiduría.

Extracto Capítulo 3: Delirios y Éxtasis. El Signo.


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martes, 16 de abril de 2019

LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo

LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo
Albert Hofmann

El descubrimiento de los efectos psíquicos del LSD

Todos los fructíferos trabajos, aquí sólo brevemente reseñados, que surgieron a partir de la solución del problema de la ergotoxina, de todos modos no me hicieron olvidar por completo la sustancia LSD-25. Un extraño presentimiento de que esta sustancia podría poseer otras cualidades que las comprobadas en la primera investigación me motivaron a volver a producir LSD-25 cinco años después de su primera síntesis para enviarlo nuevamente a la sección farmacológica a fin de que se realizara una comprobación ampliada. Esto era inusual, porque las sustancias de ensayo normalmente se excluían definitivamente del programa de investigaciones si no se evaluaban como interesantes en la sección farmacológica.
En la primavera de 1943, pues, repetí la síntesis de LSD-25. Igual que la primera vez, se trataba sólo de la obtención de unas décimas de gramo de este compuesto.
En la fase final de la síntesis, al purificar y cristalizar la diamida del ácido lisérgico en forma de tartrato me perturbaron en mi trabajo unas sensaciones muy extrañas. Extraigo la descripción de este incidente del informe que le envié entonces al profesor Stoll:

El viernes pasado, 16 de abril de 1943, tuve que interrumpir a media tarde mi trabajo en el laboratorio y marcharme a casa, pues me asaltó una extraña intranquilidad acompañada de una ligera sensación de mareo. En casa me acosté y caí en un estado de embriaguez no desagradable, que se caracterizó por una fantasía sumamente animada. En un estado de semipenumbra y con los ojos cerrados (la luz del día me resultaba desagradablemente chillona) me penetraban sin cesar unas imágenes fantásticas de una plasticidad extraordinaria y con un juego de colores intenso, caleidoscópico. Unas dos horas después este estado desapareció.

La manera y el curso de estas apariciones misteriosas me hicieron sospechar una acción tóxica externa, y supuse que tenía que ver con la sustancia con la que acababa de trabajar, el tartrato de la dietilamida del ácido lisérgico. En verdad no lograba imaginarme cómo podría haber resorbido algo de esta sustancia, dado que estaba acostumbrado a trabajar con minuciosa pulcritud, pues era conocida la toxicidad de las sustancias del cornezuelo. Pero quizás un poco de la solución de LSD había tocado de todos modos a la punta de mis dedos al recristalizarla, y un mínimo de sustancia había sido reabsorbida por la piel. Si la causa del incidente había sido el LSD, debía tratarse de una sustancia que ya en cantidades mínimas era muy activa. Para ir al fondo de la cuestión me decidí por el autoensayo. Quería ser prudente, por lo cual comencé la serie de ensayos en proyecto con la dosis más pequeña de la que, comparada con la eficacia de los alcaloides de cornezuelo conocidos, podía esperarse aún algún efecto, a saber, con 0,25 mg (mg = miligramos = milésimas de gramo) de tartrato de dietilamida de ácido lisérgico.


Autoensayos

19/04. 16.20hs: toma de 0,5 cm3 de una solución acuosa al 1/2 por mil de solución de tartrato de dietilamida peroral. Disuelta en unos 10 cm3 de agua insípida.
17.00: comienzo del mareo, sensación de miedo. Perturbaciones en la visión. Parálisis con risa compulsiva.
Añadido el 21/04:
Con velomotor a casa. Desde las 18hs. hasta aproximadamente las 20hs.: punto más grave de la crisis (véase el informe especial).

Escribir las últimas palabras me costó un ingente esfuerzo. Ya ahora sabía perfectamente que el LSD había sido la causa de la extraña experiencia del viernes anterior, pues los cambios de sensaciones y vivencias eran del mismo tipo que entonces, sólo que mucho más profundos. Ya me costaba muchísimo hablar claramente, y le pedí a mi laborante, que estaba enterada del autoensayo, que me acompañara a casa. En el viaje en bicicleta -en aquel momento no podía conseguirse un coche; en la época de posguerra los automóviles estaban reservados a unos pocos privilegiados- mi estado adoptó unas formas amenazadoras. Todo se tambaleaba en mi campo visual, y estaba distorsionado como en un espejo alabeado. También tuve la sensación de que la bicicleta no se movía. Luego mi asistente me dijo que habíamos viajado muy deprisa. Pese a todo llegué a casa sano y salvo y con un último esfuerzo le pedí a mi acompañante que llamara a nuestro médico de cabecera y les pidiera leche a los vecinos.
A pesar de mi estado de confusión embriagada, por momentos podía pensar clara y objetivamente: leche como desintoxicante no específico.
El mareo y la sensación de desmayo de a ratos se volvieron tan fuertes, que ya no podía mantenerme en pie y tuve que acostarme en un sofá. Mi entorno se había transformado ahora de modo aterrador. Todo lo que había en la habitación estaba girando, y los objetos y muebles familiares adoptaron formas grotescas y generalmente amenazadoras. Se movían sin cesar, como animados, llenos de un desasosiego interior. Apenas reconocí a la vecina que me trajo leche, en el curso de la noche bebí más de dos litros. No era ya la señora R., sino una bruja malvada y artera con una mueca de colores. Pero aún peores que estas mudanzas del mundo exterior eran los cambios que sentía en mí mismo, en mi íntima naturaleza. Todos los esfuerzos de mi voluntad de detener el derrumbe del mundo externo y la disolución de mi yo parecían infructuosos. En mí había penetrado un demonio y se había apoderado de mi cuerpo, mis sentidos y el alma. Me levanté y grité para liberarme de él, pero luego volví a hundirme impotente en el sofá. La sustancia con la que había querido experimentar me había vencido. Ella era el demonio que triunfaba haciendo escarnio de mi voluntad. Me cogió un miedo terrible de haber enloquecido. Me había metido en otro mundo, en otro cuarto con otro tiempo. Mi cuerpo me parecía insensible, sin vida, extraño. ¿Estaba muriendo? ¿Era el tránsito? Por momentos creía estar fuera de mi cuerpo y reconocía claramente, como un observador externo, toda la tragedia de mi situación. Morir sin despedirme de mi familia... mi mujer había viajado ese día con nuestros tres hijos a visitar a sus padres en Lucerna. ¿Entendería alguna vez que yo no había actuado irreflexiva, irresponsablemente, sino que había experimentado con suma prudencia y que de ningún modo podía preverse semejante desenlace? No sólo el hecho de que una familia joven iba a perder prematuramente a su padre, sino también la idea de tener que interrumpir antes de tiempo mi labor de investigador, que tanto me significaba, en medio de un desarrollo fructífero, promisorio e incompleto, aumentaban mi miedo y mi desesperación. Llena de amarga ironía se entrecruzaba la reflexión de que era esta dietilamida del ácido lisérgico que yo había puesto en el mundo la que ahora me obligaba a abandonarlo prematuramente.
Cuando llegó el médico yo había superado el punto más alto de la crisis. Mi laborante le explicó mi autoensayo, pues yo mismo aún no estaba en condiciones de formular una oración coherente. Después de haber intentado señalarle mi estado físico presuntamente amenazado de muerte, el médico meneó desconcertado la cabeza, porque fuera de unas pupilas muy dilatadas no pudo comprobar síntomas anormales. El pulso, la presión sanguínea y la respiración eran normales. Por eso tampoco me suministró medicamentos, me llevó al dormitorio y se quedó observándome al lado de la cama. Lentamente volvía yo ahora de un mundo ingentemente extraño a mi realidad cotidiana familiar. El susto fue cediendo y dio paso a una sensación de felicidad y agradecimiento crecientes a medida que retornaban un sentir y pensar normales y crecía la certeza de que había escapado definitivamente del peligro de la locura.
Ahora comencé a gozar poco a poco del inaudito juego de colores y formas que se prolongaba tras mis ojos cerrados. Me penetraban unas formaciones coloridas, fantásticas, que cambiaban como un calidoscopio, en círculos y espirales que se abrían y volvían a cerrarse, chisporroteando en fontanas de colores, reordenándose y entrecruzándose en un flujo incesante. Lo más extraño era que todas las percepciones acústicas, como el ruido de un picaporte o un automóvil que pasaba, se transformaban en sensaciones ópticas. Cada sonido generaba su correspondiente imagen en forma y color, una imagen viva y cambiante.
A la noche regresó mi esposa de Lucerna. Se le había comunicado por teléfono que yo había sufrido un misterioso colapso. Dejó a nuestros hijos con los abuelos. En el ínterin me había recuperado al punto de poder contarle lo sucedido.
Luego me dormí exhausto y desperté a la mañana siguiente reanimado y con la cabeza despejada, aunque físicamente aún un poco cansado. Me recorrió una sensación de bienestar y nueva vida. El desayuno tenía un sabor buenísimo, un verdadero goce.
Cuando más tarde salí al jardín, en el que ahora, después de una lluvia primaveral, brillaba el sol, todo centelleaba y refulgía en una luz viva. El mundo parecía recién creado. Todos mis sentidos vibraban en un estado de máxima sensibilidad que se mantuvo todo el día.
Este autoensayo mostró que el LSD-25 era una sustancia psicoactiva con propiedades extraordinarias. Que yo sepa, no se conocía aún ninguna sustancia que con una dosis tan baja provocara efectos psíquicos tan profundos y generara cambios tan dramáticos en la experiencia del mundo externo e interno y en la conciencia humana.
Me parecía asimismo muy importante el hecho de que pudiera recordar todos los detalles de lo vivenciado en el delirio del LSD. La única explicación posible era que, pese a la perturbación intensa de la imagen normal del mundo, la conciencia capaz de registrar no se anulaba ni siquiera en el punto culminante de la experiencia del LSD. Además, durante todo el tiempo del ensayo había sido consciente de estar en medio del experimento, sin que, sin embargo, hubiera podido espantar el mundo del LSD a partir del reconocimiento de mi situación y por más que esforzara mi voluntad. Lo vivía, en su realidad terrorífica, como totalmente real, aterrador, porque la imagen de la otra, la familiar realidad cotidiana, había sido plenamente conservada en la conciencia.
Lo que también me sorprendió fue la propiedad del LSD de provocar un estado de embriaguez tan abarcador e intenso sin dejar resaca. Al contrario: al día siguiente me sentí -como lo he descrito- en una excelente disposición física y psíquica.
Era consciente de que la nueva sustancia activa LSD, con semejantes propiedades, tenía que ser útil en farmacología, en neurología y sobre todo en psiquiatría, y despertaría el interés de los especialistas. Pero lo que no podía imaginarme entonces era que la nueva sustancia se usaría fuera del campo de la medicina, como estupefaciente en la escena de las drogas. Como en mi primer autoensayo había vivido el LSD de manera terroríficamente demoníaca, no podía siquiera sospechar que esta sustancia hallaría una aplicación como estimulante, por así decirlo.
También reconocí sólo después de otros ensayos, llevados a cabo con dosis mucho menores y bajo otras condiciones, la significativa relación entre la embriaguez del LSD y la experiencia visionaria espontánea.
Al día siguiente escribí el ya mencionado informe al profesor Stoll sobre mis extraordinarias experiencias con la sustancia LSD-25; le envié una copia al director de la sección farmacológica, profesor Rothlin.
Como no cabía esperarlo de otro modo, mi informe causó primero una extrañeza incrédula. En seguida me telefonearon desde la dirección; el profesor Stoll preguntaba: «¿Está seguro de no haber cometido un error en la balanza? ¿Es realmente correcta la indicación de la dosis?». El profesor Rothlin formuló la misma pregunta. Pero yo estaba seguro, pues había pesado y dosificado con mis propias manos. Las dudas expresadas estaban justificadas en la medida en que hasta ese momento no se conocía ninguna sustancia que en fracciones de milésimas de gramo surtiera el más mínimo efecto psíquico. Parecía casi increíble una sustancia activa de tamaña potencia.
El propio profesor Rothlin y dos de sus colaboradores fueron los primeros que repitieron mi autoensayo, aunque sólo con un tercio de la dosis que yo había empleado. Pero aún así los efectos fueron sumamente impresionantes y fantásticos. Todas las dudas respecto de mi informe quedaron disipadas.

Del Capítulo 1: Cómo nació el Ácido


Albert Hofmann 
(1906-2006)

Químico de profesión y naturalista por afición, es uno de los mitos fundamentales de nuestro tiempo, un hombre de alcance universal. Estudió química en la Universidad de Zürich y entró a trabajar en el área de química farmacéutica de los laboratorios Sandoz (hoy Novartis, una de las potentes industrias farmacéuticas mundiales), en donde se dedicó a aislar los constituyentes activos de diversas plantas y fabricar medicinas. Su casual descubrimiento en 1943 del ácido lisérgico provocó uno de los mayores fenómenos –o cataclismos, según cómo se mire- culturales y contraculturales de la reciente historia. Desde entonces, aunque su figura se mantuvo ligada al LSD, su carrera como químico continuó avanzando espectacularmente y su prestigio reconocido con numerosos galardones y premio, entre ellos el nombramiento como miembro del comité del Premio Nobel y de la Academia Mundial de las Ciencias. Como autor, destacan sus obras El Camino a Eleusis (con R.G. Wasson y C.A.P Ruck) y Mundo Interior, Mundo Exterior.


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